Espondilitis anquilosante

¿Como controlar la espondilitis anquilosante?

7 mayo, 2018

¿Cuáles son las funciones de la columna vertebral?

La columna vertebral es la parte del esqueleto que constituye el eje del tronco y sostiene el cráneo. También protege la médula espinal y los nervios que se dirigen a las extremidades.

Además, la columna dorsal se articula con las costillas y forma, junto con el esternón, la caja torácica, que protege fundamentalmente el corazón, los pulmones y los grandes vasos sanguíneos, evitando el colapso de los pulmones y permitiendo la respiración.

¿Cómo es la columna vertebral?

Está formada por un conjunto de diferentes huesos y se divide en cinco partes:

  • Siete vértebras cervicales, que integran el cuello.
  • Doce vértebras dorsales que, junto a las costillas y el esternón, componen la caja torácica.
  • Cinco vértebras lumbares.
  • El sacro: se une al resto de la pelvis por medio de unas articulaciones denominadas sacroilíacas.
  • El coxis, conocido popularmente como rabadilla.
  • Entre las distintas vértebras, se ubican los discos intervertebrales, que permiten la flexión y la torsión de la columna en casi todas las direcciones, sobre todo en la parte cervical y la lumbar.

¿Qué es la espondilitis anquilosante?

Es un tipo de artritis en el que, habitualmente, se inflaman las articulaciones y los ligamentos de la columna vertebral. Ello produce dolor y rigidez y, con el paso del tiempo, las articulaciones y las vértebras pueden soldarse entre sí, lo que conlleva a la pérdida de flexibilidad de la columna y, por tanto, a una menor capacidad para llevar a cabo algunos movimientos. De hecho, el término ‘anquilosante’ procede del vocablo griego ‘ankylos’, que significa soldadura o fusión.

Los síntomas suelen comenzar en la base de la columna, concretamente en las articulaciones sacroilíacas, que, como se ha comentado, unen el sacro con la pelvis. Posteriormente, la inflamación suele ir ascendiendo hacia la parte superior de la espalda, el pecho y el cuello. También puede afectar a las articulaciones de caderas, hombros, rodillas o tobillos -produciendo dolor e inflamación- y a las zonas del esqueleto donde existe unión de ligamentos o tendones.

Se trata de una enfermedad inflamatoria crónica, sin cura, que suele cursar por brotes. Su gravedad varía de persona a persona, aunque el diagnóstico precoz y un tratamiento adecuado ayudan a prevenir y controlar los síntomas y frenar el avance de la enfermedad. También es una enfermedad sistémica, es decir pueden verse afectados otros órganos del cuerpo como el ojo, o más raramente el corazón y los pulmones.

¿A quién afecta?

Según la Sociedad Española de Reumatología (SER), la espondilitis anquilosante es una enfermedad frecuente, que afecta sobre todo a entre el 0,5% y el 1% de la población y cuya incidencia es de siete casos nuevos por cada 100.000 habitantes al año. Más común en hombres que en mujeres, suele aparecer entre los 20 y 30 años de edad (raramente después de los 45 años), aunque los síntomas pueden manifestarse ya en la niñez y, en estos casos, también se presenta de forma más frecuente en niños que en niñas.

¿Cuáles son las causas de la espondilitis?

La causa de la espondilitis anquilosante no se conoce. Sin embargo, en este tipo de artritis parece existir predisposición genética, pues la mayoría de las personas que la padecen poseen un gen llamado HLA-B27 positivo.

Sin embargo, tenerlo no significa que se vaya a desarrollar la enfermedad. De hecho, menos del 10% de los portadores lo hace, según la Sociedad Española de Reumatología. Sí parece que poseer este gen provoca una respuesta anormal del portador a determinados gérmenes. Por otra parte, se piensa que algunas bacterias del intestino pueden jugar un papel importante en el desarrollo de la enfermedad por mecanismos aún no esclarecidos.

¿Cuáles son sus síntomas?

La espondilitis anquilosante es una enfermedad crónica que cursa en brotes, es decir existen períodos de tiempo libres de síntomas en los que el paciente puede realizar su vida normal. En general, los principales síntomas son el dolor, de características inflamatorias, y la rigidez. Estos suelen comenzar en la base de la columna, si bien otras zonas del cuerpo pueden verse afectadas:

  • En el estadio de la enfermedad en el que las articulaciones sacroíliacas comienzan a inflamarse, los síntomas más comunes son: dolor crónico en la zona lumbar de la espalda, así como en nalgas, caderas y parte posterior del muslo, lo que puede llevar a pensar, erróneamente, que se trata de una ciática. Este dolor se manifiesta de manera paulatina y suele mejorar con la actividad y empeorar con el reposo, por lo que puede sentirse rigidez por las mañanas. Esto se denomina dolor de tipo “inflamatorio”, a diferencia del dolor de tipo “mecánico”, que es más típico de problemas discales o de otras enfermedades que afectan a las articulaciones como la artrosis.
  • Con el tiempo, la inflamación crónica puede afectar a otras zonas de la columna vertebral, llegando hasta el cuello. Las vértebras pueden llegar a fusionarse mediante formación de sindesmofitos, que es como se conoce al puente óseo con el que se fusionan dos vértebras contiguas. Ello limita el movimiento de la columna y, en los casos más graves, puede producir la pérdida total de la flexibilidad y movilidad del tronco, aunque esto sucede solo a una pequeña proporción de las personas afectadas por esta enfermedad.
  • Inflamación y dolor en hombros, rodillas, tobillos, dedos de pies y manos, que también pierden capacidad de movimiento.
  • Inflamación y dolor en las entesis, que son las zonas donde los ligamentos y tendones se fijan a los huesos. Las más frecuentemente afectadas son las de los miembros inferiores (el talón, el tendón de Aquiles), aunque también las de los ligamentos de la cara anterior de las rodillas y en los puntos donde las costillas se unen al esternón y a la columna.
  • Inflamación de la caja torácica: y con el tiempo, puede también fusionarse y volverse rígida. Ello se traduce en una menor movilidad del tórax, que no se puede expandir bien, lo que puede producir dificultades para respirar.
  • La espondilitis puede producir fiebre, cansancio y pérdida del apetito.

¿Puede la espondilitis anquilosante afectar a otras partes del cuerpo?

Sí, ya que se trata de una enfermedad sistémica, lo que significa que puede manifestarse en otros órganos y partes del cuerpo, como por ejemplo:

  • Inflamación ocular (iritis o uveítis): el ojo -normalmente el iris- se inflama y enrojece. También puede provocar dolor, sensibilidad a la luz y, en ocasiones, peor visión o visión borrosa. Los síntomas, que a veces son previos a la inflamación de la columna, suelen empeorar con la exposición a la luz brillante. Normalmente, afecta a un solo ojo y suele cursar por brotes que duran días o semanas. Estas situaciones requieren diagnóstico y tratamiento precoz por un oftalmólogo para evitar secuelas.
  • Problemas cardíacos: la espondilitis puede inflamar y aumentar el tamaño de la aorta, principal arteria del cuerpo. Ello puede alterar la válvula aórtica, lo que impide al corazón funcionar correctamente.
  • Alteraciones en los pulmones: ya hemos comentado que la pérdida de elasticidad del tórax puede afectar al rendimiento de los pulmones, lo que puede provocar, a su vez, problemas para respirar, sobre todo en fumadores.
  • Fracturas por compresión: en algunos pacientes, las vértebras se debilitan y afinan, por lo que pueden llegar a quebrarse.
  • Por otra parte, la espondilitis se presenta, en ocasiones, asociada a la psoriasis o a enfermedades inflamatorias del intestino como la enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa.

¿Cómo se trata la espondilitis?

En la actualidad, la espondilitis anquilosante no tiene cura, por lo que el tratamiento busca aliviar los síntomas y prevenir o retrasar deformaciones, así como ayudar al paciente a continuar con sus actividades diarias y mejorar su calidad de vida. El tratamiento puede basarse en las siguientes líneas:

  • Tratamiento farmacológico: los medicamentos antiinflamatorios no esteroides (AINE) como la aspirina, el ibuprofeno y el naproxeno pueden ayudar a reducir el dolor y la inflamación, aunque no frenan la enfermedad. Otras opciones son algunos del grupo de  fármacos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (FAME) y los agentes biológicos (inhibidores de FNT). En casos muy graves o para brotes concretos, pueden usarse de manera puntual corticoesteroides, siempre durante el tiempo más breve posible y con la menor dosis, por sus efectos secundarios.
  • Ejercicios de fisioterapia: pueden contribuir a mitigar el dolor y la rigidez en las articulaciones, así como a aumentar la fuerza y la flexibilidad. El programa de ejercicios debe estar adaptado a las necesidades de cada enfermo y abarcar todas las zonas afectadas. Puede estar compuesto de ejercicios aeróbicos como los recomendados para la población general y de ejercicios de fortalecimiento y de extensión, en los que las articulaciones se estiran y doblan con suavidad hasta donde sea cómodo hacerlo para cada paciente. En todo caso, los ejercicios no han de provocar un dolor que dure más de dos horas tras la sesión. Por otro lado, nadar es una buena opción porque ayuda a mantener la flexibilidad de cuello, espalda, hombros y caderas.
  • Cirugía: aunque no suele recurrirse a esta medida, en algunos casos puede ser necesaria para reparar las articulacionesdañadas que hayan perdido mucha movilidad. Normalmente, consiste en intervenciones de reemplazo de la cadera o de las rodillas. Solo excepcionalmente, se realizan cirugías para enderezar la columna vertebral, dado que se trata de una operación de gran complejidad.

Diez consejos para controlar la espondilitis anquilosante

Es posible mantener una buena calidad de vida con espondilitis anquilosante, pero es muy importante seguir ciertas medidas en la rutina diaria:

  • 1. Chequea periódicamente tu salud general.
  • Las personas con espondilitis corren mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares, por lo que es muy importante que realices controles periódicos de tu tensión arterial, nivel de colesterol, el azúcar en la sangre y la grasa abdominal. Para ello, acude a las revisiones y realiza los análisis y pruebas que te indiquen.
  • 2. Controla tu peso y tu alimentación.
  • Mantener un peso saludable te ayudará a aliviar la presión sobre las articulaciones de tu cuerpo, lo que contribuirá a mitigar el dolor y la inflamación. Para ello, lleva una dieta variada y equilibrada y excluye los alimentos demasiado calóricos o ricos en colesterol.
  • 3. Haz deporte.
  • Realizar ejercicio físico de manera regular te ayudará a fortalecer los músculos, huesos, cartílagos y ligamentos, a mejorar tu capacidad pulmonar y a prevenir problemas cardiovasculares. Igualmente, la actividad física favorece el mantenimiento de un peso saludable y un mayor bienestar psicológico. Además de ejercicios específicos de fisioterapia, también es recomendable la práctica de deportes aeróbicos y de fortalecimiento general. Los más aconsejables son los que permiten la extensión de la espalda y la movilidad de los hombros y caderas, como la natación. En cambio, evita los de contacto, así como los que obligan a mantener la espalda flexionada, como el golf.
  • 4. Cuida tu higiene bucal.
  • Cepilla con regularidad tus dientes y encías, sobre todo antes de irte a dormir y después de comer, ya que sufrir inflamación (gingivitis o periodontitis) en esta parte del cuerpo aumenta el riesgo de padecer otras enfermedades inflamatorias como la espondilitis.
  • 5. Deja de fumar.
  • Diversos estudios confirman que el tabaco favorece el avance de la espondilitis, por lo que es crucial que, si sufres esta enfermedad, abandones este hábito. Mejorará tu calidad de vida en general, al igual que tu pronóstico.
  • 6. Mantén una postura correcta en todo momento.
  • Ya sea al dormir, sentarte caminar o al estar de pie, procurar mantener una postura apropiada. Por la noche, es conveniente dormir boca arriba y con las piernas estiradas, así como usar un colchón duro y una almohada baja. Al caminar o sentarte, mantén la espalda y la cabeza rectas y los hombros, hacia atrás.
  • 7. Cuídate también en el trabajo.
  • Si trabajas con ordenador, sitúa el monitor a la altura de los ojos y mantén una postura correcta sobre la silla. Levántate cada poco tiempo y tómate pequeños descansos a lo largo del día. Evita levantar objetos pesados y las situaciones en que tengas que mantener la espalda flexionada, así como los movimientos repetitivos o que fuercen la columna. Si no puedes evitarlos, considera, dentro de tus posibilidades, reducir tu jornada laboral, o valora asesorarte para acometer otras alternativas como cambiar de puesto o, si fuera necesario, solicitar una minusvalía o incapacidad.
  • 8. Hazte la vida más fácil con objetos de autoayuda.
  • Si tu movilidad ya está limitada, recuerda que puedes recurrir a dispositivos de autoayuda en tu día a día, como los calzadores largos que facilitan ponerse los zapatos, por ejemplo.
  • 9. No dejes de salir y relacionarte.
  • A pesar del diagnóstico, no caigas en la tentación de aislarte y dejarte abatir por la tristeza o la desesperanza. Disfruta con tus familiares y amigos de momentos de ocio dentro de tus posibilidades, pues mantener cierto grado de vida social y distraerte te ayudará a tener un mejor estado de ánimo.
  • 10. Busca a personas que padezcan el mismo problema.
  • Además de compartir tus preocupaciones y sentimientos con tus amigos y familiares, puede ser muy positivo que te pongas en contacto con asociaciones y grupos de apoyo de pacientes con espondilitis anquilosante. Ellos entenderán tus sentimientos y preocupaciones y pueden ser una ayuda inestimable en cuanto a darte a conocer recursos para convivir con la enfermedad.