Cálculos biliares

¿Qué son los cálculos biliares?

En la parte derecha de nuestro abdomen, se halla un pequeño órgano con forma de pera, llamado vesícula biliar. Como su propio nombre indica, su principal función es almacenar la bilis, un líquido que el hígado produce para ayudarnos a digerir las grasas. Cuando comemos, la vesícula biliar expulsa la bilis a través de un tubo -el conducto biliar común o colédoco- y la libera en el intestino delgado. Aquí se mezcla con los alimentos que el estómago ha digerido.

Sin embargo, a veces el flujo de esta sustancia a través de los conductos biliares desde la vesícula al aparato digestivo puede quedar obstruido, normalmente a causa de cálculos o pequeñas piedras que se forman en la vesícula o en el interior de los conductos.

Cuando las piedras se ubican en la vesícula biliar, la localización más frecuente, el trastorno se conoce como colelitiasis, mientras que se denomina coledocolitiasis cuando se encuentran en el interior del conducto biliar común. A veces, pueden coexistir los cálculos en ambas localizaciones. Puede darse la presencia de cálculos en otros conductos biliares, pero son más infrecuentes.

Cálculos de colesterol o pigmentarios

Los cálculos se forman cuando se endurecen ciertas sustancias que hay en la bilis, como colesterol, pigmento biliar o una combinación de ambos. Los más comunes en los países occidentales -suponen el 75% de los casos, según datos de la Clínica Universidad de Navarra– son los cálculos biliares de colesterol. Se originan, fundamentalmente, a consecuencia de un desequilibrio en la producción de este lípido o en la secreción de bilis: en condiciones normales, la bilis es capaz de disolver el colesterol eliminado por el hígado, pero si, por ejemplo, su concentración en la vesícula aumenta demasiado, a veces no logra disolverlo todo. En otras ocasiones, un déficit de sales biliares conducirá a la formación de cálculos por la misma razón. En ambos casos, el colesterol que queda puede cristalizarse y convertirse en cálculos, que suelen ser amarillos.

En cambio, los cálculos pigmentarios son de color marrón oscuro o negro, y se componen principalmente de bilirrubina, que es una sustancia derivada de la descomposición normal de los glóbulos rojos.
Por un lado, los cálculos de pigmento negro, son pequeños y duros, y sus causan pueden ser diversas (algunas enfermedades de la sangre, enfermedades hepáticas o del páncreas por abuso de alcohol o la edad avanzada). Y los de pigmento marrón son de consistencia más blanda, se derivan fundamentalmente de infecciones de la bilis por algunos gérmenes o infestaciones parasitarias que afectan a los conductos biliares.

El tamaño de los cálculos puede variar mucho -pueden ser pequeños como granos de arena o crecer hasta alcanzar el tamaño de pelotas de golf-. También es posible que se formen varios o solamente uno.

Afectan más a mujeres y a mayores de 60 años

Según la Federación Española del Aparato Digestivo (FEAD), se considera que aproximadamente el 12% de la población sufre de colelitiasis, que, como hemos dicho, son los cálculos que se forman en la propia vesícula biliar.

En términos generales, la prevalencia en las mujeres es el doble que en los hombres y se eleva con la edad en ambos sexos: a los 65 años, alrededor de 30% de las mujeres y el 20% de los varones sufren cálculos biliares, según datos de Quirón Salud.

Como vemos, ser mujer y tener más de 60 años aumenta las posibilidades de padecer este problema de salud, pero también corren mayor riesgo quienes padecen sobrepeso y obesidad, llevan un estilo de vida sedentario o siguen una dieta rica en grasas animales o baja en fibra. También constituye un factor de riesgo tomar determinados medicamentos como anticonceptivos orales, perder peso demasiado rápidamente con una dieta baja en calorías y sufrir determinadas enfermedades como la diabetes, la enfermedad de Crohn, la cirrosis hepática o la anemia de células falciformes.

¿Qué síntomas y complicaciones pueden provocar los cálculos biliares?

Aunque, según la FEAD, solo una de cada cuatro personas afectadas desarrolla síntomas, si los cálculos llegan a obstruir algún conducto biliar por completo, puede producirse un dolor intenso y repentino en el abdomen, normalmente en su parte superior derecha o en el centro, bajo el esternón. A veces, se presenta acompañado de sudoración, vómitos y náuseas o se irradia a la espalda y al hombro derecho. Puede durar desde unos minutos a varias horas y suele estar desencadenado, pero no siempre, por la ingesta de comidas copiosas, sobre todo, cuando ha sido rica en grasas -aunque esta condición tampoco es imprescindible-.

A veces, pueden producirse complicaciones como la inflamación de la vejiga -también llamada colecistitis-, que produce dolor y fiebre intensos; ictericia -la piel y la parte blanca de los ojos se vuelven amarillentos-; infección de los conductos biliares (colangitis); o la inflamación del páncreas -pancreatitis-. Además, y aunque, en general, es muy poco frecuente, algunos pacientes que padecen o han padecido cálculos biliares sufren mayor riesgo de desarrollar cáncer de vesícula.

Vivir sin la vesícula

Dado que es una enfermedad que normalmente no presenta síntomas, a menudo no requiere tratamiento médico. Pero, en función de los posibles síntomas, si el problema se repite o los resultados del estudio que se realice así lo aconsejan, puede ser necesaria una cirugía -llamada colecistectomía- para extraer la vesícula. Por fortuna, no necesitamos este órgano para vivir, ya que la bilis puede fluir directamente desde el hígado al intestino delgado, aunque en los primeros días tras la intervención puede presentarse diarrea, que puede cronificarse en algunos pacientes, requiriendo tratamiento médico específico.

En el caso de que la persona no sea apta para una cirugía, existen medicamentos que pueden ayudar a disolver los cálculos, aunque puede tratarse de un proceso muy lento. Además, no es raro que vuelvan a aparecer, una vez finalizado el tratamiento.

Por otra parte, aunque en muchos casos los cálculos biliares no pueden prevenirse ni evitarse, debemos tener presente que aspectos como llevar una dieta equilibrada -baja en grasas-, evitar la pérdida rápida de peso -sobre todo, no debemos saltarnos las comidas- y mantenernos en un peso saludable -combinando la alimentación adecuada con la práctica de ejercicio físico- contribuirán a reducir las posibilidades de sufrir este problema de salud.

Fuentes

Esta información en ningún momento sustituye la consulta o diagnóstico de un profesional médico o farmacéutico.

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