Obesidad y sobrepeso

¿Qué es?

Epidemia planetaria

Los datos más recientes –publicados en febrero de 2018- de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la obesidad y el sobrepeso ponen los pelos de punta: en 2016, el 39% de las personas de 18 o más años tenían sobrepeso -lo cual supone 1.900 millones de adultos en el mundo- y el 13% eran obesas -más de 650 millones-. Además, esto significa que la obesidad casi se ha triplicado en el mundo desde 1975.

Entre los menores de edad, las cifras son igual de alarmantes: 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso o eran obesos en 2016, al igual que 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años), con un aumento de la prevalencia desde el 4% de 1975 al 18% de 2016.

El IMC, un índice para medir de forma aproximada la obesidad y el sobrepeso

La OMS define el sobrepeso y la obesidad como una acumulación de grasa anormal o excesiva que puede ser perjudicial para la salud. Se mide con distintos parámetros, siendo el índice de masa corporal (IMC) el que se utiliza de forma frecuente para identificar estos problemas en los adultos.

El IMC indica la relación entre el peso y la estatura y se calcula dividiendo el peso de una persona en kilos por el cuadrado de su altura en metros (kg/m2). Es decir, alguien que pesa 55 kilos y mide 1,65 centímetros tiene un IMC de 20,20, que es el resultado de dividir 55 por 1,65 al cuadrado.
De acuerdo a los resultados, se puede tener:

  • Bajo peso: el IMC es inferior a 18,5.
  • Peso saludable: el IMC se sitúa entre 18,5 y 24,9.
  • Sobrepeso: el IMC varía entre 25 y 29,9. En este rango, existen diferentes grados de sobrepeso.
  • Obesidad: el IMC oscila de 30 a 39,9. En este rango, existen diferentes grados de obesidad.
  • Obesidad mórbida: el IMC es 40 o superior. Se considera obesidad extrema si el IMC es 50 o superior.

Sin embargo, estos deben considerarse valores aproximados, ya que, si bien el exceso de grasa corporal que define la obesidad se basa en el cálculo del IMC, múltiples estudios sugieren que los riesgos para la salud asociados con la obesidad no sólo dependen del exceso de grasa corporal total, sino también de su distribución corporal, es decir, de dónde se localice esa grasa. En este sentido, podemos decir que el IMC no sirve para diagnosticar la distribución de grasa corporal ni para valorar el estado general de salud.

En cambio, además de otras técnicas no tan sencillas y accesibles, medir con una cinta métrica la circunferencia de la cintura de un paciente, con el fin de valorar la cantidad de grasa acumulada en ella, sí puede ayudar a evaluar si existe o no riesgo para su salud. Esto es así porque se sabe que la cantidad de grasa situada en la circunferencia abdominal se asocia a mayor riesgo que la grasa presente, por ejemplo, en glúteos y muslos. En el caso de las mujeres, se considera valor de riesgo un perímetro abdominal superior a 88 centímetros de circunferencia y, en el de los hombres, de más de 102 centímetros.

En los niños, en cambio, esta valoración del sobrepeso y la obesidad se realiza tomando como referencia unos gráficos y tablas que contienen patrones de crecimiento y constatando en qué medida se desvía el niño de ese patrón, según la edad.

El desequilibrio energético es la causa más frecuente

La causa más común del sobrepeso es el desequilibrio entre el consumo de calorías procedentes de la dieta y el gasto de energía de nuestro organismo. El exceso de calorías provoca, al principio, que aumenten los depósitos grasos del cuerpo en forma de tejido celular bajo la piel. Si se prolonga en el tiempo, la grasa empieza también a acumularse en el hígado, el páncreas y los músculos, lo que altera el funcionamiento de muchas células del cuerpo.

Este desequilibrio energético suele estar provocado por un aumento de la ingesta de alimentos ricos en calorías como las grasas y los azúcares añadidos, combinado, a menudo, con un estilo de vida sedentario o de escasa actividad física.

Por otra parte, diversos estudios han determinado que puede haber un componente hereditario en la obesidad y el sobrepeso. También pueden estar causados por afecciones genéticas como el Síndrome de Prader-Willi, por enfermedades endocrinas como el hipotiroidismo o el uso de medicamentos como los antisicóticos, los antidepresivos, los antiepilépticos y otros que se emplean para disminuir la glucosa en la sangre de las personas diabéticas (los hipoglucemiantes).

Así mismo, es necesario tener en cuenta los factores de riesgo, muchos de ellos, prevenibles y que se refieren a hábitos de vida poco saludables, como seguir patrones de alimentación poco saludables -por ejemplo, abusar de los picoteos entre horas o de la comida rápida o precocinada-, no dormir un número suficiente de horas o sufrir niveles altos de estrés. Pertenecer a un nivel socioeconómico bajo o vivir en entornos degradados o poco seguros también aumenta la probabilidad de sufrir obesidad o sobrepeso. La edad es igualmente un factor de riesgo: con la edad, se engorda con mayor facilidad, al disminuir los requerimientos de energía que el organismo precisa para realizar sus funciones. Igualmente, el género es un factor que influye, ya que los hombres utilizan un mayor consumo de energía en reposo que las mujeres, quienes, además, tras la menopausia, ven aún más disminuidas sus necesidades energéticas.

Para desarrollar obesidad infantil, influyen el peso de la madre y el consumo de tabaco durante el embarazo, así como la diabetes gestacional. Además, los hijos de padres obesos que sufren este trastorno ya en la infancia la padecerán también probablemente de adultos. En este sentido, los primeros cinco años de vida son determinantes.

Desde diabetes hasta diferentes tipos de cáncer

Más allá de la estética, mantener un peso adecuado es una cuestión de salud, dado que la obesidad es un factor de riesgo de innumerables trastornos: por ejemplo, de enfermedades cardiovasculares (hipertensión, cardiopatías y accidentes cerebrovasculares, entre otras); colesterol alto; diabetes tipo 2; síndrome metabólico; trastornos del aparato locomotor (osteoartritis o artrosis); enfermedades respiratorias (apnea obstructiva del sueño, empeoramiento del asma preexistente y síndrome de hipoventilación por obesidad); hipotiroidismo; incontinencia urinaria; enfermedades de la vesícula biliar y del hígado (hígado graso no alcohólico); colelitiasis, reflujo gastroesofágico; gota; úlceras varicosas; problemas ginecológicos (alteraciones en el ciclo menstrual, ovarios poliquísticos y problemas de fertilidad); y algunos tipos de cáncer (endometrio, mama, ovarios, próstata, hígado, vesícula biliar, riñones y colon).

También pueden provocar trastornos psicológicos como depresión y baja autoestima, tanto en adultos como en niños. En estos últimos, y entre otros posibles problemas de salud, la obesidad aumenta el riesgo de ser obeso y de sufrir muerte prematura y/o discapacidad en la vida adulta.

Adelgazar mediante cambios en el estilo de vida

Adoptar hábitos de vida saludables, con una dieta equilibrada y el ejercicio físico como pilares es el mejor tratamiento a la hora de tratar y prevenir el sobrepeso y la obesidad. Si el objetivo es mantener un peso saludable, la energía que consumimos debe ser similar a que la que gastamos, pero, si deseamos perder peso, será necesaria una dieta baja en calorías, pero completa y variada, que no dé lugar a carencias de nutrientes. Por ejemplo, reducir 500 calorías al día podría permitir perder aproximadamente entre un kilo y kilo y medio al mes.

La dieta hipocalórica debe combinarse con un programa de actividad física, que evitará que se pierda masa muscular, además de aumentar el gasto calórico. Habitualmente, los expertos recomiendan un mínimo de 150 minutos semanales de ejercicio de moderada intensidad, pero si el objetivo es bajar de peso, habrá que incrementar el tiempo hasta al menos 250 semanales. En cualquier caso, el programa de ejercicio deberá estar adaptado a las condiciones físicas de cada persona.

Además, algunos medicamentos pueden ayudar a regular el impulso de comer del cerebro y, de esta manera, disminuir el apetito, pero nunca deben constituir la única opción de tratamiento.

Los tipos de obesidad más graves o con los que no han funcionado los tratamientos convencionales pueden requerir una intervención quirúrgica que disminuya la cantidad de alimentos que el estómago de la persona afectada es capaz de alojar o que modifiquen ciertas hormonas relacionadas con el hambre y la respuesta del cerebro a estas.
Por ejemplo, puede llevarse a cabo una cirugía de derivación gástrica -se conecta una pequeña parte del estómago a la parte media del intestino-, una gastrectomía –se extirpa una gran parte del estómago- o la colocación de una banda gástrica alrededor del estómago para reducir su tamaño. Sin embargo, estas operaciones son el último recurso, pues pueden desencadenar complicaciones muy graves y tan sólo están indicadas por los profesionales adecuados en algunos pacientes concretos que reúnan una serie de criterios.

10 Consejos para adelgazar de forma saludable

La obesidad y el sobrepeso son problemas de salud que podemos combatir actuando sobre aspectos como la alimentación o el ejercicio físico, con el objetivo de ayudarnos perder peso y sobre todo, cambiar nuestros hábitos hacia un estilo de vida más saludable. Te dejamos unas cuantas claves para que sepas por dónde empezar.

No obstante, en caso de padecer obesidad importante o de estar diagnosticado de alguna otra enfermedad, acude al profesional sanitario para que establezca el plan más adecuado para ti.

  • 1. Plantéate metas realistas.
  • En función de tu edad, estructura corporal y otros factores como tu índice de masa corporal ideal, debes establecer como objetivo un peso saludable para ti: aquel que te permita disfrutar de una buena salud y, por tanto, de una mejor calidad de vida.
  • 2. Desconfía de las dietas milagro.
  • No te fíes de los métodos que prometen resultados espectaculares a corto plazo y sin apenas esfuerzo; pueden perjudicar tanto tu salud como tu bolsillo. Además, este tipo de dietas suelen potenciar el efecto rebote, una vez se abandonan.
  • 3. Ponte en manos del profesional adecuado.
  • Nadie mejor que un especialista (ya sea el médico de cabecera, un nutricionista o un endocrino) sabrá asesorarte sobre el tipo de dieta más indicado para ti y, además, motivarte para que no abandones antes de llegar a meta. Acudir a un profesional sanitario especialista en nutrición es especialmente importante si quieres adelgazar pero padeces alguna enfermedad.
  • 4. No tengas prisa.
  • Perder peso es una carrera de fondo. Hacerlo de manera saludable implica perder de medio a un kilo a la semana, con el fin de que el organismo asimile la reducción de gasto energético. También es importante comprender que la pérdida de peso debe basarse en la interiorización de hábitos de vida saludables, no en una reducción temporal de las calorías.
  • 5. No renuncies a ningún alimento.
  • Una dieta saludable debe incorporar alimentos de todos los grupos e incluir todos los nutrientes necesarios para un óptimo funcionamiento del organismo. Por este motivo, debe ser rica en frutas y verduras, ligeramente proteica, también incluso grasas, aunque más ligeras, y carbohidratos de bajo índice glucémico.
  • 6. No te saltes ninguna comida.
  • Debes hacer al menos cinco comidas diarias, de manera que la sensación de saciedad prevenga el temido picoteo. Recuerda, además, que las dietas excesivamente hipocalóricas son contraproducentes, porque el organismo se adapta a la reducción energética y se vuelve más difícil bajar peso.
  • 7. Excluye el alcohol de tu vida.
  • Aporta nada menos que siete calorías por gramo, más que los hidratos de carbono o las proteínas. El whisky o el ron son los licores que más aportan, unas 350 kilocalorías, mientras que el vino o la cerveza no contienen tantas. En su lugar, bebe mucha agua al día.
  • 8. Pásate a la vida activa.
  • Aumentar el gasto energético es fundamental para perder peso. Para conseguirlo, huye del sedentarismo y anímate a caminar un rato todos los días o utilizar las escaleras en lugar del ascensor. También puedes realizar ejercicio aeróbico y actividades de flexibilidad o fuerza como el pilates o el yoga varias veces a la semana. Pero recuerda adaptar el esfuerzo físico a tus características y condición física.
  • 9. No te saltes las horas de sueño.
  • Se ha observado que dormir es fundamental para mantener el peso a raya y no engordar. Y se sabe que dormir pocas horas estimula la liberación de hormonas como la ghrelina, que estimula el hambre. Los adultos necesitan entre 7 y 8 horas de sueño nocturno.
  • 10. Consulta a tu farmacéutico.
  • Las farmacias ofrecen opciones saludables para perder peso como planes de adelgazamiento o la posibilidad de realizar test nutrigenéticos que te pueden ayudar a adaptar tus necesidades nutricionales a tu perfil genético y, de esta manera, orientar de una manera más efectiva tu dieta.