Varicela

Se caracteriza por la aparición de un sarpullido que pica

11 diciembre, 2017

¿Qué es la varicela?

La varicela es una infección causada por el virus varicela zóster (VVZ). Aunque no suele revestir gravedad en los niños, es una enfermedad muy contagiosa y, en algunos grupos de personas, como adolescentes y adultos, puede llegar a tener consecuencias graves.

Se trata de una infección habitual en la infancia y se caracteriza por la aparición en la piel de granos rosas (pápulas) que rápidamente se van transformando en pequeñas ampollas llenas de líquido (vesículas) y que producen un intenso picor. A los cuatro o cinco días, aproximadamente, las ampollas se secan y se convierten en costras. Durante unos días, las lesiones aparecen por oleadas en sucesivos brotes, por lo que un mismo paciente puede presentar a la vez lesiones en distintas fases: pápulas, vesículas y costras. Este patrón  de aparición se conoce como “cielo estrellado” y es característico de esta enfermedad.

La varicela suele prolongarse de una a dos semanas y también puede causar fiebre y malestar. Antes de que estuviera disponible la vacuna, casi todas las personas la contraían durante su infancia.

¿A quién afecta?

La varicela es una enfermedad presente en todo el mundo, cuya incidencia suele estar relacionada con la tasa de nacimientos en cada país, ya que –y sobre todo en climas templados-, es una enfermedad prototípica de la niñez: de acuerdo a datos del departamento de Salud de Nueva York, el 90% de los casos ocurre en personas menores de diez años.

Según la Asociación Española de Pediatría (AEPED), su incidencia mundial se estima en 60 millones de casos al año, de los que 57 millones corresponderían a niños y 3 millones, a adultos. Como en el resto del mundo, en España, la varicela afecta también principalmente a niños, pero se debe ser especialmente cauteloso si afecta a un adolescente mayor de 15 años o a un adulto.

¿Cómo y cuándo se contagia?

Como hemos dicho, la varicela es muy contagiosa. Las personas que la padecen transmiten con facilidad el virus varicela zóster a las no vacunadas o que nunca antes han padecido la enfermedad. De hecho, según la AEPD, tras un contacto intrafamiliar con una persona infectada, el 96% de los sujetos susceptibles desarrollan la enfermedad en un mes.

El contagio puede suceder desde uno hasta tres días antes del brote del sarpullido y hasta que se hayan formado las costras (que suele ser entre cinco y siete días más tarde). Esto dificulta la detección precoz del contagio, ya que una persona puede contagiar a otras sin haber manifestado aún la erupción característica. Posteriormente, pueden transcurrir de diez a veintiún días hasta que la persona infectada desarrolle síntomas.

La transmisión puede tener lugar de diversas maneras:

  • Contacto directo con las pequeñas ampollas que contienen el virus: estas pueden ser producto de la varicela o del herpes zóster (otra forma de manifestarse del mismo virus, y  conocida popularmente como “culebrilla”). El poder de contagio de este es menor que el de la varicela clásica, pero aun así debe extremarse el cuidado.
  • Por medio de las secreciones respiratorias: cuando alguien sano inhala las minúsculas gotitas que llegan al aire al respirar o hablar una persona con varicela.
  • Transmisión de la madre al feto: cuando la mujer padece varicela durante el primer o segundo trimestre del embarazo, hay un riesgo de padecer la llamada varicela congénita, que puede dar lugar a malformaciones y cicatrices en las extremidades del feto, ceguera y alteraciones del sistema nervioso central y que puede resultar mortal para el feto hasta en el 30% de los casos. Cuando la enfermedad materna se contrae en los días previos y/o inmediatamente posteriores al parto, también puede afectar al recién nacido, que podría padecer varicela postnatal. Ambas son situaciones graves, que requieren medidas específicas y especializadas.

Normalmente, quienes han sufrido varicela quedan inmunizados contra ella, si bien, en raras excepciones, algunas personas la llegan a contraer de nuevo, por pérdida de dicha inmunidad.

¿Cuáles son los síntomas de la varicela?

La intensidad de los síntomas varía de un enfermo a otro, aunque habitualmente es una enfermedad leve. Por lo general, el periodo de incubación de la varicela dura de una a tres semanas. Los síntomas típicos son:

  • Sarpullido: que aparece primero en la cara, el pecho y la espalda. Estas lesiones no se llegan a juntar unas con otras como en otras enfermedades típicas de la infancia, como el sarampión, aunque ocasionalmente pueden confluir en forma de racimos. No suele afectar por lo general a manos y pies.
  • Casi inmediatamente, los granitos se convierten en pequeñas vesículas (ampollas) rellenas de líquido, hasta forma una erupción, que se extiende por el resto del cuerpo, incluidos el cuero cabelludo, el interior de la boca, las orejas, los párpados y el área genital.
  • La erupción suele producir una comezón muy intensa, lo cual provoca que el paciente (habitualmente un niño) se rasque. Sin embargo, es importante que no lo haga para evitar que queden cicatrices.
  • A las veinticuatro horas, las vesículas se suelen romper y después se acaban secando y transformando en costras. No obstante, pueden seguir formándose nuevas ampollas hasta el séptimo día. Al cabo de una semana, todas deberían estar cubiertas de costras y ya en proceso de cicatrización. Estas costras no suelen caerse por completo hasta una o dos semanas después.
  • Otros síntomas habituales son: fiebre, que puede ser moderada, elevada o no aparecer; fatigamalestar general, ausencia de apetito y dolor abdominal o de cabeza. Estos síntomas pueden preceder en uno o dos días a la aparición de las lesiones en la piel.

En el caso de los niños que ya han sido vacunados, la enfermedad puede presentarse de forma leve o ser asintomática. De hecho, en ocasiones, la varicela no presenta síntomas en algunos niños.

¿Qué complicaciones puede tener?

Aunque no son muy frecuentes, la varicela puede presentar complicaciones. En este sentido, existen varios colectivos que corren mayor riesgo:

  • Niños menores de un año y los mayores de 15.
  • Personas con el sistema inmunológico debilitado (pacientes de cáncer, VIH o que hayan sufrido un trasplante).
  • Recién nacidos (bebés menores de un mes) cuyas madres no están inmunizadas y han tenido la infección entre los 5 días previos al parto y las 48 horas posteriores. Estos bebés pueden padecer una variante más severa y prolongada de la enfermedad, que puede llegar a ser mortal.
  • Embarazadas: no solo por la potencial afectación del feto, sino porque conlleva un mayor riesgo de complicaciones para la madre, por ejemplo, mayor riesgo de neumonía.

Respecto a las complicaciones, podemos hablar de:

  • Sobreinfección de las ampollas en la piel: debido a la acción de determinadas bacterias. Esta infección se manifiesta con un aumento de la fiebre o por el enrojecimiento o aparición de dolor alrededor de las lesiones, y es la principal causa de hospitalización o atención ambulatoria en casos de varicela. También puede acabar produciendo cicatrices.
  • Otras posibles complicaciones menos frecuentes no relacionadas con la piel son la neumonía, la encefalitis (inflamación del cerebro) y la ataxia cerebelosa.
  • Raramente, pueden desarrollarse también meningitis, miocarditis (afectación del músculo cardíaco) y hepatitis, entre otras dolencias en diferentes órganos y sistemas corporales.
  • Otra complicación poco común es el síndrome de Reye, una enfermedad que puede afectar seriamente al cerebro y el hígado y también ser mortal.
  • Tras sufrir la enfermedad, el virus varicela zóster (VVZ) permanece latente en el organismo y en algunos casos –generalmente después de los 60 años- puede reactivarse y producir el herpes zóster. Se trata de una erupción dolorosa en la piel, que suele curarse por sí sola.
  • De padecerse en el embarazo, especialmente en el primer trimestre, puede originar malformaciones graves e incluso la pérdida del feto.

¿Cómo se trata la varicela?

Normalmente, el paciente se recupera sin complicaciones. El tratamiento es sintomático o, lo que es lo mismo, enfocado al alivio de los síntomas:

  • Para mitigar el picor y evitar el rascado, puede recurrirse a los antihistamínicos sedantes, siempre bajo consejo médico.
  • La fiebre puede tratarse con antitérmicos como el paracetamol, pero debe evitarse el consumo de aspirina e ibuprofeno.
  • El uso de antivirales solo está recomendado en el caso de complicaciones o en enfermos de mayor riesgo. Para que sea efectivo, su administración debe iniciarse dentro de las primeras veinticuatro horas tras el comienzo de la erupción. Normalmente, no se prescriben a niños que no padezcan otra enfermedad.
  • En el caso de sobreinfección bacteriana de las lesiones, puede ser necesaria la administración de antibióticos.

¿Puede prevenirse la varicela?

La mejor forma de prevenir la varicela es mediante la vacunación. La mayoría de las personas vacunadas no desarrollan la enfermedad o, en el caso de hacerlo, los síntomas son muy leves. En los niños, desde el año 2016, está incluida en el calendario vacunal. Si perteneces a un grupo de riesgo y/o crees no haber pasado la enfermedad, consulta con tu médico acerca de la conveniencia de vacunarte.

Diez recomendaciones para aliviar los síntomas de la varicela

Las siguientes precauciones te ayudarán a evitar o, al menos, hacer un poco más llevadera la enfermedad a ti o a tu hijo, así como a evitar su contagio:

  • 1. Vacuna a tu hijo y vacúnate tú.
  • Pregunta a tu pediatra en función de la edad y circunstancias particulares del menor y también consulta cómo vacunarte tú si no lo hiciste en tu infancia. Es la única manera de reducir el riesgo de contraer varicela, una enfermedad muy común en los niños, pero que puede originar complicaciones graves de aparecer en la edad adulta, especialmente en algunos grupos de población específicos.
  • 2. Recurre a los baños diarios con agua tibia y poco jabón.
  • Mantener una higiene adecuada es clave para mantener las infecciones a raya. Después, realiza un buen aclarado y seca sin frotar, para no empeorar las lesiones. Por último, aplica un buen humectante y calmante sobre la piel.
  • 3. Intenta evitar el rascado.
  • Puedes refrescar la piel del paciente (sea niño o adulto) con compresas frías y húmedas aplicadas en las zonas que más piquen. Los baños en agua de avena coloidal o aplicar loción de calamina también pueden ser muy útiles.
  • 4. No apliques pomadas o talco.
  • Estos productos no alivian ni ayudan a la evolución de las lesiones en la piel. Además, si existe fiebre, no recurras a la aspirina y sé cuidadoso con el ibuprofeno, especialmente si aparecen lesiones cutáneas asociadas a la fiebre.
  • 5. Mantén sus uñas cortas y limpias.
  • De esta manera, evitarás que se dañe la piel cuando se rasque y prevendrás posibles infecciones.
  • 6. Procura mantener el ambiente fresco.
  • El calor, la humedad y el sudor pueden volver más intenso el picor que provocan los granos y vesículas.
  • 7. Utiliza ropa de cama fresca, suave y holgada.
  • Permitirá a la piel mantenerse aireada, y reducirá la transpiración. Evita la ropa áspera, sobre todo de lana.
  • 8. Evita la exposición al sol.
  • Hasta que las lesiones hayan desaparecido por completo. El sol favorece la aparición de manchas oscuras durante el proceso de cicatrización.
  • 9. Mejor comer ligero y beber muchos líquidos.
  • Ante la pérdida de apetito en estos días, ofrécele al niño comidas no muy pesadas y haz que beba líquidos, con más razón si tiene fiebre.
  • 10. Toma precauciones para evitar contagiar a otros.
  • Si tu hijo está enfermo, evita que tenga contacto con recién nacidos, mujeres embarazadas, personas cuyo sistema inmunitario esté debilitado o que no se hayan vacunado contra la varicela. No lo mandes a la escuela infantil o colegio (o vuelvas tú al trabajo, en caso de que seas tú el enfermo, no así si has estado cuidándole pero no te has contagiado) hasta que todas las ampollas hayan formado costra o se hayan secado –normalmente, una semana después del inicio de la enfermedad-.

Fuentes

Esta información en ningún momento sustituye la consulta o diagnóstico de un profesional médico o farmacéutico.