Difteria

La vacunación: un antes y un después en la historia de la difteria

Hasta no hace mucho, la difteria era una de las causas principales de muerte infantil. Por fortuna, a finales del siglo XIX, se descubrió una antitoxina que, por un lado, hizo descender la tasa de mortalidad al 15% y que, por otro lado, empezó a usarse, a partir de 1923, como vacuna, aunque tendrían que transcurrir varias décadas hasta que se generalizara su uso. Gracias a ello, la difteria está prácticamente erradicada en los países occidentales, donde se presentan, solo a veces, casos aislados.

En cambio, la difteria sigue siendo frecuente e incluso un problema de salud pública, en muchos países subdesarrollados -sobre todo, del sur y el sudeste de Asia, el África subsahariana, América del Sur, Oriente Medio y el Pacífico occidental-, ya que el hacinamiento y la higiene deficiente favorecen el contagio de esta enfermedad. En Europa -sobre dodo del Este-, continúan apareciendo casos esporádicos.

En todas estas áreas, los afectados son, generalmente, niños menores de 15 años y los brotes suelen hacer su aparición en los meses fríos del invierno, si bien, en países más cálidos, pueden darse durante todo el año.

Debido a todo ello, en la actualidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) continúa insistiendo en la importancia que tiene para esta enfermedad la vacuna en los programas de inmunización infantil.

Una infección respiratoria muy contagiosa

Provocada fundamentalmente por la bacteria Corynebacterium diphtheriae, la difteria es una infección, que, por lo general, afecta a las vías respiratorias altas, se transmite con mucha facilidad, a través de las gotitas que se expulsan al toser o estornudar.

El contagio de la difteria también puede producirse por contacto físico cercano o si se comparten vasos o pañuelos con personas que padezcan la infección. Los pacientes pueden contagiar durante cuatro semanas, incluso aunque no muestren síntomas.

La pseudomembrana, el síntoma más característico

Tras el contagio, los síntomas respiratorios de la difteria suelen aparecer al cabo de un periodo de incubación que dura aproximadamente entre dos y cinco días. Muchas veces, la enfermedad es asintomática o da síntomas leves.

Al principio, aparece malestar general, fiebre moderada (entre los 38ºC y los 38,9ºC), dolor de garganta, voz ronca e inflamación de los ganglios linfáticos del cuello.

La bacteria Corynebacterium diphtheriae libera una toxina que destruye las células a distancia y en la zona de la infección. En esta zona, las células se acumulan y originan el signo más característico de la difteria, una pseudomembrana dura y grisácea, que se adhiere con fuerza a los tejidos circundantes. De hecho, el término “difteria” procede del vocablo griego diphthéra, que significa membrana.

Puesto que esta placa se forma sobre todo en fosas nasales, la faringe, la laringe y la tráquea, puede estrechar u obstruir las vías respiratorias y causar dificultades para tragar y respirar. También puede desprenderse de repente e impedir la respiración por completo.

Otro órgano con frecuencia implicado en la difteria es la piel: de hecho, la difteria cutánea es la forma clínica más frecuente de esta enfermedad en Europa en los últimos años. Presenta un período de incubación de entre 1 y 10 días. Se caracteriza por la aparición de úlceras crónicas, se transmite por contacto y también es muy contagiosa.

En ocasiones, la toxina que produce la Corynebacterium diphtheriae puede pasar a la sangre y atacar también las células del corazón. En este caso, pueden aparecer síntomas de fallo cardíaco como palidez, taquicardia y sudoración e, incluso insuficiencia cardiaca y provocar la muerte. También puede afectar a los riñones y producir insuficiencia renal, así como al sistema nervioso y provocar dificultad para mover los ojos o las extremidades. Con menor frecuencia puede afectar al hígado y a las glándulas suprarrenales.

La importancia de un tratamiento precoz para curarla

Muchas de las anteriores complicaciones, sobre todo la insuficiencia cardíaca, ponen en peligro la vida del paciente de difteria. De hecho, según la Asociación Española de Pediatría, la letalidad de la difteria no tratada es del 5% al 10 %, porcentaje que se eleva al 20% en los menores de 5 años.

Por fortuna, existe un tratamiento para esta enfermedad, que, si se lleva a cabo de manera precoz, permite la curación en la mayoría de los casos. Requiere la hospitalización del enfermo para inyectarle la antitoxina lo antes posible y neutralizar así la toxina liberada por la bacteria que todavía circule por la sangre –aunque si se ha unido ya a los tejidos, no se puede neutralizar-.

También se le administran antibióticos, como penicilina o eritromicina, durante dos semanas para intentar eliminar la propia bacteria. Con el fin de evitar que el paciente -niños, la mayoría de las veces- transmita la infección, debe permanecer aislado hasta que dos cultivos consecutivos en un intervalo de 24 horas confirmen que la bacteria ha sido destruida. Los familiares que no estén vacunados y los más vulnerables (muy jóvenes o ancianos) deben evitar el contacto con el enfermo.

Una vez finalizado el tratamiento y buscando evitar recaídas, el niño o paciente suele necesitar guardar reposo durante un mes o mes y medio o hasta que se recupere del todo, sobre todo, si el corazón se ha visto afectado. Posteriormente, deberá recibir un ciclo completo de vacunaciones contra la difteria.

Por otra parte, cuando se diagnostica un caso de difteria, el médico la notificará a las autoridades sanitarias, ya que se trata de una Enfermedad de Declaración Obligatoria. A partir de ahí, las autoridades identifican a las personas que conviven y que han tenido contacto con el paciente para tomar las medidas de protección pertinentes -revisión, comprobación del estado vacunal, poner dosis de refuerzo o tratamiento antibiótico-.

La vacuna, crucial en la prevención de la difteria

La difteria se puede prevenir de forma muy eficaz mediante la administración de una vacuna que contiene una variante no dañina de la toxina llamada toxoide diftérico. Esta vacuna está incluida en el calendario básico recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para todos los países del mundo.

En España, a largo de la infancia, se administran de manera gratuita un total de cinco dosis con el fin de conseguir protección a largo plazo: tres dosis antes del primer año edad (a los dos, cuatro y once meses); la cuarta, a los 6 años, y la última, entre los 13 y los 16 años. Se trata de una vacuna que se administra junto a otras, frecuentemente y en la infancia, la del tétanos y la de la tosferina, combinadas en el mismo preparado.

Además, se recomienda a las personas que viajen a zonas endémicas (India, Indonesia, Madagascar, Pakistán, Nigeria, Venezuela, Haití, República Dominicana y países de la antigua Unión Soviética como Ucrania), recibir una dosis de refuerzo, si han transcurrido más de diez años desde la última. En caso de que viajen niños, deben completar la vacunación utilizando un calendario acelerado que respete los intervalos mínimos entre dosis.

Dado que la vacunación provoca la aparición de anticuerpos que neutralizan la toxina que produce la Corynebacterium diphtheria, pero no la eliminación de la propia bacteria, las personas vacunadas pueden seguir siendo portadoras. Es decir, aunque la vacunación en un país esté generalizada, este peligroso germen sigue estando presente y puede transmitirse a las personas que no estén vacunadas. Por tanto, la difteria puede reemerger si se abandona la vacunación, tal y como ocurrió, por ejemplo, en los años 90 en algunos países de la Unión Soviética.

Por este motivo, es crucial que todos los niños cumplan el calendario de vacunación. En España, de hecho, el único caso documentado recientemente -en 2015- fue el de un niño no vacunado, que acabó falleciendo.

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